miércoles, setiembre 01, 2004

Mirando canciones (XIII): Rose

Como sabía Caravaggio, todos los artistas del lejano Oriente y cada mosca que se haya caído en un plato de leche, el claroscuro es un recurso impactante que consigue destacar particularmente el elemento minoritario de la composición. Esto es una obviedad casi vergonzosa hablando de artes plásticas (y en música), pero suele ser menos evidente en la lírica, donde el recurso se siente pero rara vez es definido, aunque inevitablemente tiene que haber sido rotulado con un término específico académico que no me viene a la mente ahora. Hay por lo menos, dos tipos de contraste, el interno dentro de una misma obra, como puede ser la asombrosa espiral de violencia (al parecer un experimento de escritura bajo el efecto de haschich) que culmina la serena novela de Paul Bowles, Déjala que caiga, o dentro del contexto de la obra total del artista, como las novelas policiales de Boris Vian. También podría dividirse el contraste lírico en contraste de alta o baja energía, en relación a si el mismo baja o sube el ritmo de lo narrado y… me estoy yendo al carajo, vuelvo a tierra. Mi ejemplo favorito de contraste (interno) lírico sigue siendo el excelso Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline, novela en la que el célebre médico francés reagrupa todo su resentimiento hacia su patria, el género humano y él mismo sin detenerse en los hechos (se presenta como un cobarde desertor cuando en realidad fue un héroe de guerra) y demoliéndolo todo a fuerza de sarcasmo y de socarrones signos de admiración. Sin embargo este libro vitriólico y furioso contiene tres o cuatro bajadas de guardia –la descripción de un compañero de trabajo y su sacrificio para educar a su sobrina, el romance con una prostituta, la contemplación de un puerto…- que resplandecen con luz prestada de la oscuridad que los rodea, hasta el punto que el considerar al Viaje al fin de la noche un libro negativo llega a ser relativo.

Si hubiera que buscar algún equivalente musical a Céline-Destouches en el mundo del rock, el primer nombre que me vendría a la cabeza sería el de Mark E. Smith y su maravilloso y aterrador mundo de The Fall. En sus 24.000 discos Smith rara vez ha hecho otra cosa que quejarse de todo con fastidio etílico, emitir opiniones dudosas en lo estético e incorrectas en lo político y referirse sarcásticamente a todos los que considera imbéciles, es decir, a casi la totalidad de la humanidad. Una obra fina de misantropía ejemplar apenas atemperada por un notable sentido del humor.

Pero hay algunas escasas grietas en el monumental sarcasmo de Smith; al principio de su carrera soltó un par de temas bastante confesionales como el increíble “Frightened”, ciertamente afligido bajo el malhumor y el alcohol de su voz. Y luego, en un extraño período a principio de los noventa Smith tuvo una racha de rara sensibilidad que dio fruto a una (brevísima) serie de canciones extraordinariamente emotivas y sensibles que podrían ser horribles –teniendo en cuenta la poca experiencia de Smith en este tipo de materiales- pero que son bellísimas. Las más destacadas de estas canciones son su nostálgica evocación de Escocia, “Edinburgh Man”, la serena y sentida reflexión sobre la muerte de su padre y sus circunstancias personales durante este hecho, “Bill is Dead”, y, por supuesto, “Rose”.

The scarecrow's down
I hope you are alright
I am alright

There's a letter marked 'urgent'
I have not yet read it
Rose
Rose

I hear you are in Hampstead
I hope you can get married
Rose
Rose

Hear that wah-wah going?
Remember you started it
Freckles
Rose

It is now all the rage
With the younger set
Your replacement
He is a good man Rose?
Rose

I've got a good woman
Sometimes
Rose Rose
Rose




“Rose”, que cierra el disco Shift-Work es una melodía casi valseada adornada con un piano que recuerda un poco a Cure (algo que puede hacer morir a Smith de un ataque de rabia si se lo dicen). Es, transparentemente, una canción dedicada a Brix, la exótica ex mujer de Smith que fuera guitarrista de The Fall durante casi todos los ochentas, y es básicamente una tierna carta hacia antigua pareja. Brix declararía en un reportaje que la canción cuenta las cosas exactamente al revés de cómo fueron, estando sugerido el que ella se habría ido con un “young man” cuando al parecer fue Smith el que la dejó por una adolescente. No es confirmable (aunque es muy posible) y es irrelevante, a uno que no conoce a ninguno de los dos no le interesa la verdad histórica sino la verdad de la canción, y esta es de una honestidad abrumadora.

La situación descripta en el tema es frecuente en la vida pero no en canciones, especialmente en canciones de un género juvenil como el rock: alguien habla con un ex amor deseándole que le vaya bien, que re-haga su vida y, tal vez, oculta toda una gama de sentimientos confusos y culpas cruzadas. Hay con todo varias canciones talentosas sobre estas situaciones, canciones de autores tan diversos como Lloyd Cole o José Luis Perales, pero la de Mark Smith es por lejos la más concentrada, la más parca y a la vez la más amplia. Smith da pocos datos y muchos de ellos son privados, como si quisiera recalcar que es una canción para una persona y que uno está vichando esa carta privada por encima del hombro. Sólo dos cosas quedan claras: una no previsible falta de animosidad por parte de Smith para con su ex mujer (volverían a tocar juntos algunos años después) y el pétreo pero no siempre evidente conservadurismo de borracho de pub del mancusiano; “I hope you can get married”, “Is he a good man to you?” denotan una concepción tradicional, hasta arcaica, de las relaciones humanas. Denotan también una ternura que no le esperábamos al mancusiano.

Pero el momento que hace a "Rose" una canción mayor, una letra importante, es su perfecto final, cuando tras la pregunta que citábamos anteriormente (“is he a good man to you?”), Smith informa orgulloso “I’ve got a good woman” y tras una pequeña pausa agrega un “sometimes”, que no solo relativiza la afirmación anterior sino toda la canción, hasta su “I am alright” de la primera estrofa. El lacónico “sometimes” con el que Smith cierra su misiva es en su contexto mucho más que un simple adverbio de tiempo, convirtiéndose en la clave –ya anunciada por la melancólica melodía y la trope delicadeza con la que su autor la canta- que re-significa todo este diálogo a una sola voz. Es el momento de lucidez en el que se admite que todo el discurso es mentira o carente de significado, es ese terrible reconocimiento que se hace no sólo ante el interlocutor sino ante uno mismo. Un excelente letrista como Tom Waits necesitó toda la larga (y maravillosa) “Christmas Card from a Hooker in Minneapolis” para describir un momento así. Smith, evidentemente incómodo con esta inesperada apertura emocional, lo resume con una simple y dolorosa palabra. Y si mi interpretación no fuera la correcta y realmente el autor estuviera describiendo un momento radiante de su vida –la canción es lo bastante abierta como para permitir cómodamente esta lectura- igual sería una ráfaga de genialidad que nos recuerda que nosotros y nuestras circunstancias somos “sometimes”, y que estamos hechos de “a veces” no de “siempres”.

Shift-Work es un disco de 1991, desde entonces Smith no ha vuelto a abrirse tanto o si lo ha hecho yo no me di cuenta. No es realmente importante y no es el aspecto por el cual Smith va a ser recordado como un genio, cosa que afirmo sin condicionantes (algún día va hablarse de él tanto o más que de Lennon). Ni siquiera es su mejor canción, tema del que podríamos discutir meses, pero sí es la que escucho y me completa el dibujo, la que me hace pensar en cosas de las que no hablo en este blog.





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