viernes, octubre 29, 2004

Rompiendo la veda como una ventana sucia

Finalmente hasta las encuestadoras más reacias y comprometidas a mantener la ilusión de un ballotage, decidieron salvar lo poco que quedaba de su credibilidad y admitir lo que todos sabemos pero que seguiremos dudando hasta la confirmación final: el Frente Amplio va a ganar en la primera vuelta y va a llegar al poder con mayoría parlamentaria. Algo sobre lo que mvc y sigmur escribieron ampliamente, aliviándome de hacerlo.

Pasé lateralmente por el acto final de FA y no recuerdo nunca haber visto tanta gente y, sobre todo, tantas banderas. Me gusta recordar que la bandera del FA es también la bandera de Otorgués, el más leal y el más feroz de los coroneles de Artigas. Me gusta pensar que es una bandera que no sólo dice dónde se está sino también lo que se está diciendo.

Con un timing simbólico que no puede ser casualidad, al finalizar ese acto comenzó el eclipse total de luna que enrojeció al astro mandando una poderosa señal mágica, de mensajes arcanos y correspondencias imposibles que extrañamente nadie se ha molestado en examinar.

No sé cómo ser parte de la mayoría y no sé cómo ser simpatizante del oficialismo. No es para lo que estoy entrenado, no es donde me siento cómodo, no me gustan estas caritas de las que me tengo que hacer cargo. No me reconozco dejando en claro que soy un uruguayo de izquierda y que de hecho es lo único que siempre he sido desde que llegué a la adolescencia.

Veo como se desentierran canciones emblemáticas como la resucitada “A redoblar”, es curioso como se resignificó esta canción que supo ser tan fuerte hace veinte años, y que sin embargo sigue diciendo lo mismo: "a redoblar / muchachos / esta noche". Mi I-Pod mental también se reprogramó con canciones de combate y mi mantra es aquel verso de Kortatu que dice “Te quiero y quedamos / en la barricada a las tres / a las puertas de la victoria / al amanecer”.

Estos mares de personas embanderadas me connotan gente, gente que no veo. Me parece ver las familias tradicionalmente izquierdistas de mis amigas –crecidas y unificadas en la resistencia y el fracaso casi kármico-, en mi tía militante, esa curiosidad excéntrica para mi familia que de pronto se volvió la más armónica con el momento, en todos esos relegados a los que la meta se le corría unos metros hacia delante cada vez que estaban llegando. Y sobre todo en los amigos que se fueron, una cantidad de caras con las que compartí cada fracaso y ahora no vamos a compartir la victoria.

Pienso en algunas voces que se quedan en un costado, advirtiendo lo que en verdad todos sabemos y tratando de exponer el lado absurdo de este entusiasmo, de este anacronismo nacional. Pienso en cómo la lucidez es a veces otra forma más de engaño, otra forma de incomprensión que no entiende el valor existencial de la esperanza. Y que no entiende que la esperanza nunca se equivoca en verdad y nunca es tonta, si vamos a encontrar algún sentido en todo este devenir. Porque la esperanza es lo único que nunca es ridículo.

Hay gente estrenándose en la afirmación y descubriendo, con memoria genética, que no está tan mal, que se siente bien.

Conozco gente que esta es la primera vez que votan, no sé si son afortunados, hay algo didáctico en un fracaso persistente que sin embargo termina bien. Fue un camino largo e ingrato, no somos los mismos que cuando empezamos. Cómo vamos a beber este domingo, camaradas, mientras miramos a la Historia pasar como un río.





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