martes, agosto 30, 2005

Holocausto vegetal

El primer recuerdo consciente que tengo es el de estar sentado en un caballito de madera, mirando por el ventanal del apartamento de mis padres en Bvar. Artigas el Parque Rodó infantil y su arquetípica calesita. Cuando vi fotos en la prensa de una calesita aplastada por un eucaliptus caído tuve la esperanza de que fuera la otra, la más moderna que se encuentra sobre 21 de setiembre, pero no, fue la más antigua la que quedó destrozada. Pero al ver cara a cara el destrozo no fue el juego mecánico lo que más me dolía sino el majestuoso tronco que lo deshizo al caer.

El ciclón (basta de usar el eufemismo “temporal”) que azotó Montevideo la semana pasada dejó nueve muertos, hasta ahora, algunos de los cuales podrían haber sido evitados de haberse informado correctamente sobre lo que se venía. Pero no hubo alerta a causa de esa mezcla letal de estupidez y pobreza tan típicamente uruguaya. Eso y los daños materiales (casas, autos y objetos costosos) fueron ampliamente cubiertos por la prensa pero, en mi poco humanista opinión, no se el dio gran importancia al peor daño causado por el evento climático. 2000 árboles cayeron, solo en Montevideo, lo cual es un disparate, es prácticamente un árbol caído por cuadra, o más. Todo el mundo estuvo hablando de los destrozos que causaron al ser tumbados por los vientos de 180 km. por hora, pero para mí la principal tragedia fue su propia caída.

Cayeron árboles nativos y árboles traídos con cuidado hace decenas de años por amantes de los arboretos públicos. Cayeron tipás, eucaliptos, pinos, magnolias, cedros, plátanos y cipreses. El Parque Rodó parecía un cementerio de gigantes; cayó el mayor de los eucaliptos colorados, un ejemplar magnífico de más de cincuenta años que superaba en altura a cualquiera de los edificios que empequeñecía sobre Gonzalo Ramírez. No vi a ninguna de las numerosas palmeras del parque arrancadas, lo que habla bien de sus raíces, pero algunas se partieron desde el tronco. Muchos de los árboles que sobrevivieron quedaron ridículamente inclinados hacia el norte, un pequeño isolte, habitualmente lleno de pájaros, que había en el estanque donde está el puente de madera virtualmente desapareció al ser arrancado de cuajo el eucaliptus que tenía en el medio. Mi madre dice que el temporal del 66, cuando ella ya vivía frente al parque, fue aún peor y que no dejó casi ningún árbol en pie. A juzgar por la edad evidente de algunos de los derribados ahora, entre ellos debía contarse algunos de esos escasos sobrevivientes. En fin… veo en televisión una toma aérea de Maldonado, mi segunda ciudad de origen, devastada como si Godzilla hubiera estado jugando entre los pinares.

La República, que se ha convertido en el diario feliz de las buenas nuevas, mencionaba en una de sus tapas del fin de semana la consoladora nueva de que la IMM iba a trozar y a vender como leña los árboles caídos ya que no hay mal que por bien no venga. Bueno, sería lo más lógico porque su peso en madera es el único valor que parecen darle los uruguayos a los árboles. La República no mencionaba en sus tapas al experto chileno en el daño que la fábrica de celulosa de Botnia produjo en Valdivia, región del país trasandino al que la industria finlandesa dejó sin cisnes negros ni atractivos turísticos, que vino de visita en estos días a Uruguay. El chileno declaró que la supuesta tecnología de punta inocua con la que supuestamente se va a evitar cualquier daño ecológico en el Río Uruguay es la misma que se usó en Valdivia y que suponer que no va a contaminar seriamente el río es como suponer que un elefante suelto en una cristalería con una severa diarrea no va a romper ni a ensuciar nada (el ejemplo es mío, el experto fue más científico). Para eso sirven los árboles y la inversión forestal que está secando terrenos fértiles de buenas tierras, para enriquecer a algunos hacendados locales que pagan precios de esclavitud a los taladores que se cortan las manos por cifras que horrorizarían a los dueños de la maquilas malayas. Para atraer inversiones y fábricas prohibidas en toda Europa por las tímidas leyes ecologistas del viejo continente. Para que Jorge Batlle se enorgullezca del gran salto adelante que consiguió autorizando la instalación que dará trabajo, con muchísima suerte, a unos 4.000 uruguayos. Mucho menos del 5% de la cantidad de uruguayos que perdieron su trabajo durante el gobierno divertido de Batlle.

Pero eso iba a ser solucionado por el gobierno progresista del EP-FA-NM, ¿no…? Bueno, ¿por qué iba a serlo? No recuerdo ni la menor inflexión favorable a la ecología en el programa de gobierno o los discursos previos, salvando por supuesto la obligatoria mención al “desarrollo sustentable” y el “Uruguay natural”, esas entidades abstractas… Pero no hay nada que sorprenderse; el gobierno progresista del PT en Brasil consiguió que en sólo un año se liquidara un quinto de la selva amazónica, un récord absoluto. ¿Por qué éste debería ser diferente?

Me enojo y me desvío del tema esencial porque tal vez en este no haya nadie a quién culpar ni nada que hacer –aunque debe haber algún humano atrás de esta desgracia, como siempre-, y no deja de ser algo presumiblemente inevitable. Me refiero a lo de los árboles, las pérdidas humanas si habrían podido preverse pero ya hay suficiente gente lamentándose de ello así que voy a centrar mi congoja en los árboles. El domingo en el Parque Rodó un enjambre de niños se divierte ante la sorprendente novedad, y belleza por que no decirlo, del desastre. Está bien, es lógico que lo hagan, pero espero que sus padres no. Porque lo único que puede esperarse de positivo es la valoración de lo perdido, la conciencia de la muerte en variaciones de verde y marrón. Y mientras tanto yo me quedo triste como Idefix.





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