lunes, mayo 29, 2006

Addenda al post anterior / Miike y los pájaros humanos / demostración práctica de la teoría del contraste

Cuando escribí el post anterior elegí, de entre las diez películas de Takashi Miike que vi en los últimos dos o tres meses, Fudoh: the next generation como la que más me había gustado, no por ser la mejor o la más asombrosa (Ichi the killer o Visitor Q le ganaban ampliamente) sino la más equilibrada y uniformemente atractiva. El asunto es que todavía no había visto Chûgoku no chôjin (The Bird People in China), película que me bajé este fin de semana y que hasta ahora me tiene deslumbrado.

En algún post anterior, o en los comments de algún post anterior, hablé sobre mi particular predilección por el contraste como recurso expresivo. Yo creo que el mejor lugar para que una aguja pase desapercibida no es un pajar sino un montón de agujas, y que el lugar donde más resalta es sobre un fondo de algodones. Qué es lo que quiero decir: que pocas cosas tienen la expresividad de las que son dichas en forma única o en la forma menos automática posible. Que la fuerza de lo inusual es percibida como mucho más sincera y poderosa que lo habitual y que la oveja negra no sólo se destaca sino que atrae nuestra atención. Y lo que atrae nuestra atención atrae nuestra empatía. O nuestro rechazo, claro está.

En lo personal soy totalmente sensible a los islotes inesperados en mares conocidos, o más bien (usando una metáfora de Italo Calvino) a lo que no es infierno en medio del infierno. Tanto en la vida como en el arte, si es que hay que diferenciar, me seduce siempre esas ráfagas de belleza o humanidad que aparecen en ambientes más bien desolados o que atentan contra el sentido estético de la sociedad. Anoto algunos ejemplos: la relación de Destouches con la prostituta en Viaje al fin de la noche del divino Louis Ferdinand Céline, el puente extraordinariamente melódico y apacible en la ruidosa e insoportablemente tensa 'Pacific Coast Highway' de Sonic Youth, el final de El Exorcista con el cura y el policía hablando de nimiedades, la insólita ternura que desborda el siempre hiriente Steve Albini en 'The Billiard Player Song' de Shellac, los fragmentos en los que Bukowski habla de su hija, Johnny Rotten usando el reloj que le regaló su madre en los conciertos de Sex Pistols, el segundo de los Two English Poems de Jorge Luis Borges, la encantadora melodía que Riz Ortelani compuso para la insoportablemente violenta Holocausto Canibal, la balsa a la deriva y llena de monos en la que se desplaza el finalmente apaciguado Aguirre de Werner Herzog, el fragmento Do You Love Me? de William Burroughs en The Ticket that Exploded, el cuadro Lavender Mist de Jackson Pollock, El teléfono sonando en medio de un sueño en Festen de Thomas Vinterberg, 'Hot in the Heels of Love' de Throbbing Gristle, el poema A Girl de Ezra Pound, la nieve cayendo sobre los cadáveres de los ancianos en La balada de Narayama, la voz de Iggy suplicando una y otra vez "I need... I need..." en las convulsivas versiones en vivo de los Stooges tocando 'Johanna'...

Hay algo en esas bajadas de guardia, en esas incongruencias que no solo busca el claroscuro a lo Caravaggio sino que tiene algo de verdad incontrolable, de expresión no mediada; algo que me parece insuperable.

Takashi Miike no es extraño al contraste violento, de hecho su película más conocida en occidente, Audición, es una obra maestra en este aspecto, aunque el procedimiento es el inverso que en los ejemplos que anotaba anteriormente. Audición es una serena reflexión sobre la soledad masculina que de pronto es atravesada por el más infernal rayo del infierno que haya producido el cine. The Bird People in China es lo opuesto, como puede intuírse con sólo leer el resumen argumental de la película: un joven empresario japonés viaja a una remota provincia de China para revisar lo que parece ser una valiosísima veta de jade, en el camino se le une un veterano, violento y traumatizado yakuza a cuya banda la empresa del joven debe dinero y que ha viajado para confirmar las posibilidades de cobro del mismo. Tras un viaje larguísimo y accidentado, en el que aprendemos mucho sobre las no siempre evidentes diferencias entre chinos y japoneses, llegan a una villa casi medioeval ("que no conoce a Mao Tse-Tung" les dice el guía) en un paraje hermosísimo en el que el tiempo parece haberse detenido y donde existe una rara obsesión por el vuelo. Allí ambos personajes cambian, y hasta ahí cuento aunque el argumento es irrelevante en relación a una película cuya principal -aunque no único- valor es la belleza visual, capaz de hacer enrojecer de vergüenza a cualquier película de Theo Angelopoulos o de Francis Ford Coppola. The Bird People from China, película de una voluptuosidad similar a la de cualquiera de Zhang Yimou pero de muchas y más ricas lecturas fue solamente uno de los cuatro filmes que Takashi Miike filmó en 1998.

Leo en la prensa que el infame vendedor de baratijas en que se ha convertido Pedro Almodóvar (si es que no lo fue siempre, aunque cuando le copiaba a John Waters era al menos simpático) se quejaba de haber perdido la Palma de Oro de Cannes 2006 ante el limitado pero sincero Ken Loach. El director manchego sostenía que ser favorito para dicho premio era "una maldición" que le habría jugado en contra a la hora del palmarés. Uno puede aventurar que el que todas sus películas desde ¡Atame! (1990) hayan sido unas garchas prefabricadas con el objetivo de ganar premios y guita también puede haber influído.

The Bird People from China no se presentó en Cannes en su momento, no ganó más que dos o tres premios ridículamente locales y nunca fue programada en televisión abierta, ni en cable, ni en Cinemateca Uruguaya. Sin embargo sus hombres-pájaro siguen volando y recordándonos, más armoniosos con la ultra-violencia de las otras películas de Miike de lo que se parece, que las auténticas sensibilidades rara vez se limitan a un sólo color expresivo.





<< Página Principal

This page is powered by Blogger. Isn't yours?

Suscribirse a Entradas [Atom]